JOHN CHEEVER

Conocí al norteamericano John Cheever en 1999. Me lo presentó mi amiga Lola Comellas  en uno de aquellos fascinantes talleres literarios suyos. Digo que lo conocí, pero fue de forma figurada, claro. Cheever había muerto en 1982. No sé si desde sus años de éxito ha ido renovando lectores. Me temo que no. Aunque forme parte de los autores llamados de culto no creo que lo sea de modas literarias.

 

Lola puso en mis manos La geometría del amor, un libro de relatos editado por emecé en 1998. Se trata de cuentos que son lesiones de una sociedad que se refugia en una moral de plástico. El goce que por entonces me proporcionó su lectura fue en aumento hasta casi convertirse en una necesidad física a la altura de esas otras que no entienden de razones. Desde Adiós, hermano mío hasta Una visón del mundo anduve con ladrones y norteamericanas ocultas, metido en casas a orillas del mar, en océanos y mundos de manzanas. Pero fue con un insatisfecho nadador de piscinas salido del consumista y ostentoso american way of life, del que luego supe que Burt Lancaster había interpretado en el cine, y con un monstruoso receptor de radio instalado en un edificio de apartamentos de una gran ciudad con los que la intensidad del placer y la impaciencia fueron mayores. Descubría en ellos el genio a la hora de hablar de la perversidad que habita en los grupos de personas que viven juntas, sometidas a las normas sociales establecidas. Es indiferente que la represión venga del medio rural o de las grandes ciudades.

 

Al leer comía galletas o chocolates para endulzar la hipocresía, la falsa felicidad que sublimaba sus cuentos. Dedicado a su lectura, la incertidumbre generada por unos personajes empeñados en negar su naturaleza hacían que lo demás no fuese importante . Pareciera que a los protagonistas les apretase demasiado el nudo de la corbata o, por el contrario, que la camisa no les tocase el cuerpo.

 

Con aquellas lecturas fui un lector algo más entrenado. Y quise conocer más de su obra y saber de su persona. Leí que era alcohólico al morir, que escribió para la revista The New Yorker, que fue premio Putlitzer y que su vida terminó superando la de sus personajes en cuanto a la sordidez y desencanto ocultos tras la fachada de una vida supuestamente perfecta.

 

La Lectura de sus novelas La familia Wapshot y El escándalo de los Wapshot no fueron tan excitantes. La disolución en casi trescientas páginas de familias donde los hijos son un estorbo, de hombres que no se enfrentan a sus fracasos personales, de pueblos asfixiantes donde los rituales de convivencia son obligatorios y que ya aparecían en sus relatos, no daban lugar a la expectación desplegada en quince páginas de cualquiera de sus magistrales cuentos.

 

Para terminar escribo lo que a propósito de El nadador Cheever escribía en sus Diarios: «¿Pueden cambiar las estaciones? ¿Pueden las hojas marchitarse y empezar a caer? ¿Puede venir el frío? ¿Puede nevar? ¿Qué significa esto? Uno no se vuelve viejo en el curso de una tarde. Bueno, juguemos un poco».

 

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