PAUL BOWLES

Siempre que hablo de Paul Bowles no solo digo que es uno de mis autores favoritos, también que es uno de los viajeros de las letras que más me han apasionado. Siempre me fascinaron sus universos remotos, sus peregrinaciones por Marruecos (el paisaje de vida y literario que fue Tánger), India, Estabul, Tailandia o Ceilán (hoy Sri Lanka) en busca de calma y de sentido, quizás el aislamiento en su mundo (detallado descarnadamente por Mohamed Chukri en Paul Bowles, el recluso de Tánger), su visión de la insignificancia de las personas ante la grandiosidad del universo. Y digo bien, porque su mundo al final, un mundo nómada de paisajes y latidos de vida cotidiana (la sensible y la cruel), es uno de los espacios íntimos por mí disfrutados, la distancia entre culturas y personas que avivan los sentidos. Sus ojos y mente despiertos se detienen no en los grandes monumentos sino en los pequeños detalles, en desayunos en la cama al amanecer, en las emociones que suceden dentro de las casas, una música de despedidas, soledad y dolor, sonrisas cómplices y dulce tristeza.

 

Hay en El cielo protector, su obra más leída que Bertolucci llevó al cine con el mejor de los aciertos (aunque dicen que él no estuvo muy de acuerdo con la versión), una escena magnífica de la pareja protagonista ante un paisaje del Sáhara que no puedo dejar de transcribir casi completa cargada de ansiedad que es casi la desesperación de un doloroso final, de indisimulada indolencia, estremecedora:

 

—Sabes —dijo Port, y su voz sonó irreal, como ocurre después de una larga pausa en un lugar perfectamente silencioso—, el cielo aquí es muy extraño. A veces, cuando lo miro, tengo la sensación de que es algo sólido, allá arriba, que nos protege de lo que hay detrás.

Kit se estremeció ligeramente.

—¿De lo que hay detrás?

—Sí.

—¿Pero qué hay detrás? —pregunto Kit con un hilo de voz.

—Nada, supongo. Solamente oscuridad. La noche absoluta.

—No hables de eso ahora, por favor —la súplica era angustiada. —Aquí arriba todo lo que dices me aterra. Se está poniendo oscuro y no puedo soportarlo.

Port se sentó, le echó los brazos al cuello, la besó, retrocedió, la miró, la besó de nuevo, volvió a retroceder y así varias veces. Las mejillas de Kit estaban mojadas de lágrimas. Sonrío desolada cuando él las enjugó con los dedos.

—¿Sabes? —dijo Port con gran ansiedad—. Creo que los dos tenemos miedo de lo mismo. Y por una misma razón. Nunca hemos conseguido, ninguno de los dos, entrar en la vida. Estamos colgando del lado de afuera, por mucho que hagamos, convencidos de que nos vamos a caer en el próximo tumbo. ¿No es cierto?

Kit cerró los ojos un momento. Los labios de Port en su mejilla habían despertado un sentimiento de culpabilidad que la cubrió como una gran ola, mareándola, enfermándola. Se había pasado la siesta  tratando de limpiar su conciencia de las cosas que habían ocurrido la noche antes, pero ahora tenía la certeza de que no lo había conseguido, de que nunca lo conseguiría. Se llevó la mano a la frente. Al final dijo:

—Pero si no estamos dentro, lo más probable es que seamos expulsados.

Esperó que él adelantara algunos argumentos en contra, que descubriera el error de su analogía, que dijera algo consolador.

—No lo sé —fue todo lo que se le ocurrió.

La luz disminuía sensiblemente.

 

De uno de mis viajes a Marruecos, recuerdo una inesperada tormenta de arena en Marraquech, de camino a la estación de tren desde donde partimos hacia Casablanca. Admirado por un mundo dulce en la memoria, siempre evoco aquella ventosa mañana asociada a los viajes de Bowles y Jane, su mujer, por Marruecos. Aún hoy los pequeños y decididos granos de arena me siguen golpeando las mejillas, y pienso si alguno de ellos no sería de los que abofetearon a Paul en los días que viajó por el Rif.

 

De las obras de Bowles, aparte del mencionado El cielo protector, destaco sus novelas La tierra caliente, Déjala que caiga o sus Memorias de un nómada, y cada uno de sus cuentos recopilados en Cuentos escogidos, Palabras ingratas y El tiempo de la amistad, una parte de su obra de obligada lectura. Magníficos El Atlájala o Los campos helados.

 

Cuando visito Tánger poco queda de la ciudad internacional, abierta y cosmopolita que cautivó a Bowles. Llego a Sour de Maâgazine y contemplo el puerto, la bahía y el Estrecho, me siento en la terraza del Gran Café de París, dicen que el mejor chaflán de la ciudad, donde veo a la gente que pasa. Poco antes de anochecer me asomo al callejón donde está la casa en la que el escritor vivió sus últimos días: una reja que precede a las escaleras que llevan a la puerta, niños jugando con un balón en la calle, y a veces el silencio, indiferente a los turistas, a los recuerdos, a la hospitalidad, como si nada, como si nadie hubiera existido.

 

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